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El último botánico del siglo XX

A mediados de los años ochenta del pasado siglo, en un febrero soleado -almeriense-, caminábamos unos cuantos tras el Hermano Rufino Sagredo en una excursión botánica organizada como colofón de unas conferencias en La Salle. Estábamos en la Urbanización de Roquetas y, en ese momento, nos daba el nombre de la planta que llenaba las cunetas: Reichardia tingitana. Fue entonces cuando una turista intrigada por la presencia de aquel grupo con intereses tan extraños,  me preguntó  que quién era ese señor y le respondí que el último botánico del siglo XIX.

La turista quedó algo confundida con esa información, aunque hoy cambiaría botánico por naturalista, pero esa es la impresión que siempre me ha causado. Por su curiosidad entusiasta en  todas las disciplinas de la naturaleza, sus infatigables recorridos por la provincia entera (al modo de  Humboldt, salvando las distancias de territorios, medios materiales y de formación, siendo famosa la anécdota de agotar hasta dejarlo inservible el Land Rover de la Estación Experimental de Zonas Áridas de Almería), su comportamiento algo ingenuamente extravagante (recuerdo que me explicaba su programa gimnástico para mantenerse ágil a los ochenta años haciendo piruetas en el asiento del ligero Seat Panda en el que viajábamos por las cerradas curvas de Enix, contagiando al vehículo su tarantela).

En una ocasión le mostraron dónde había, por la zona del Cabo de Gata, un fósil entero de una ballena pequeña, del Plioceno; enseguida se presentó allí con una tropa de alumnos de La Salle para desenterrarlo, y su publicación le valió una invitación (costeada, precisó) de tres meses para dar conferencias por los Estados Unidos y Méjico, que recordaba con nostalgia y que le facilitó el contacto permanente con naturalistas americanos.

También tenía correspondencia (eso significa, lo digo para los modernos, cartas hológrafas) con entomólogos, paleontólogos y, sobre todo, botánicos europeos, a los que conocía porque al buscar ellos un guía en Almería para encontrar la mariposa Parnassius apollo, el molusco fósil Strombus bubonius o la crucífera endémica Euzomodendron bourgaeanum, pongo por caso, él era siempre el recomendado para la tarea.

Sabía francés bien, pues estuvo como docente en un colegio de La Salle en Suiza algún tiempo (donde aprendió entomología), y su otro idioma "extranjero" era el latín, pues no en vano sus estudios universitarios fueron de "filosofía y letras", como se decía antes. Algunas descripciones de nuevas especies o subespecies que dio Pallarés fueron puestas en latín (lo que es obligado para ser válidas) por el Hermano Rufino.

Para mí supuso empezar a conocer la flora de Almería por sus nombres científicos, pues por entonces el único libro útil accesible al profano era el "Bonnier", que se titulaba algo así como Claves para clasificar plantas en Francia, Suiza y  países limítrofes (*), una flora con pocas afinidades con la de nuestra provincia, y las excursiones que hacíamos José Miguel García Torres y yo con el Hermano Rufino por esas sierras me sirvieron para conocer  el nombre y la localización de todas esas plantas que ya he casi olvidado y, sobre todo, para disfrutar de la Naturaleza (que no he olvidado).

Pedro Soria Estevan

Diciembre de 2007

(*) Flore complète portative de la FRANCE de la Suisse et de la Belgique.

Se sugiere ver NOTA DE PRENSA

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